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Bitcoin

Bitcoin, de 1 céntimo a 20.000 dólares

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Desde sus orígenes como experimento informático en un pequeño foro de criptógrafos hasta su reciente estreno en Wall Street, pocos fenómenos en este siglo resultan tan controvertidos a nivel institucional y académico como incomprendidos por el gran público. ¿Es un proyecto anti-sistema, con tintes anarco-capitalistas, herramienta de hackers y delincuentes o, sin embargo, es un salto evolutivo que va a hacer replantearnos la manera en la que nos relacionamos, creamos y usamos el dinero en el siglo XXI?

Convendría intentar recopilar una serie de hechos y datos que nos van a ayudar a desterrar multitud de leyendas urbanas y prejuicios adquiridos, incluso desinformaciones deliberadas, que dificultan un análisis más profundo.

Bitcoin es una moneda electrónica que cumple todas las propiedades que comúnmente se asocian a cualquier tipo de dinero: se puede guardar, enviar para pagar bienes o servicios, no se estropea con el tiempo, es escasa, y es divisible (un bitcoin usa hasta ocho decimales)

Pero, además, incorpora lo que sus creadores pensaron que le faltaba al dinero actual: soberanía (nadie puede controlar quién tiene bitcoins ni dónde), autonomía (puede ser enviado a cualquier parte, cualquier cantidad, en minutos) y disciplina monetaria (nadie puede crear más bitcoins arbitrariamente y el sistema de generación de bitcoins está consensuado por todos sus usuarios)

¿Quién inventó entonces bitcoin?

La estructura original del protocolo informático fue presentada por una persona o un grupo de trabajo que firmaban bajo el seudónimo de Satoshi Nakamoto en el 2008, publicándose un documento llamado Bitcoin: Un sistema electrónico de dinero en efectivo sin intermediarios.

El dinero digital ya existía hace décadas. En juegos online como Ultima Online (1997) o Second Life (2004) ya se pagaban miles de dólares por monedas virtuales con las que podías conseguir bienes o servicios dentro del juego. Sin embargo, el avance fundamental que trae bitcoin, que sintetiza proyectos más pioneros como HashCash o BitGold (años 90), es la definición y puesta en marcha de Blockchain.

Como su propio nombre indica, es una”cadena de bloques” donde todas las transacciones y apuntes contables quedan escritas y verificadas por los propios miembros del sistema. Los intermediarios desaparecen (bancos centrales, bancos locales, mercados de cambio de divisas, autoridades reguladoras… ) El registro, o “ledger” en inglés, es inmutable e infalsificable, pues cada bloque queda vinculado al anterior y hace que sea económicamente inviable modificarlo a posteriori.

Un “minero” es, simplemente, un verificador de la red de bitcoin. Resolviendo unos cálculos matemáticos, dedican una gran cantidad de capacidad de proceso informático para verificar las transacciones generadas por la red y lanzar el siguiente bloque de la cadena. Los primeros años, cuando se creaban los primeros bitcoin, y la dificultad de estos cálculos era menor, cualquiera desde un ordenador de sobremesa podía contribuir a la red. Ahora hay grandes centros de minado en zonas geográficas concretas, con baja temperatura y coste bajo de electricidad, donde empresas especializadas invierten una inmensa capacidad de computación para competir por la generación de los menos de 5 millones de bitcoin que quedan por minar.

Los mineros ganan bitcoins al verificar los bloques de dos modos: por el algoritmo de creación de bitcoin, que de manera gradual va generando el resto de bitcoins que quedan hasta la cantidad fija final de 21 millones, y con las comisiones que los usuarios pagan por enviar bitcoins de una dirección de monedero a otra.

Últimamente se oye mucho un argumento crítico contra este sistema: “La energía que consume al año bitcoin es superior a la que usa un país como Dinamarca“. Se critica su viabilidad y sostenibilidad a largo plazo. La refutación de esto es sencilla, pero no para este artículo; baste con señalar que el consumo de energía de bitcoin es diez veces inferior al de, por ejemplo, toda la industria de la extracción y refinería del oro.

Se dice que el bitcoin es anónimo, que se usa para comprar drogas, armas o cosas peores. ¿Qué opina el Ministerio de Economía? ¿Y el de Hacienda? Es cierto que los primeros años, al carecer de unas estructuras mínimas y dotar de un relativo anonimato a sus poseedores, se usaba como sustitutivo del dinero negro para actividades delictivas.

Pero según han ido pasando los años diversos estados han ido dando pasos para regular la actividad de las empresas que comercian con bitcoins o los usan de algún modo. Al pedir más datos del cliente para cumplir las regulaciones, el mercado se ha limpiado de la mayoría de estos elementos indeseables. Se pueden realizar las mismas actividades delictivas con bitcoins que con dinero en efectivo; es una herramienta más que, por supuesto, puede ser mal utilizada.

Aún así, es importante entender que pisamos terreno inexplorado; literalmente las agencias reguladoras financieras van improvisando sobre la marcha. Muchos países como Suiza, Japón, Dubai o Estonia, y en varios estados de EEUU, como Delaware, en una inusual muestra de respeto por la libertad individual, están poniendo en marcha políticas tolerantes y flexibles para los usuarios de bitcoin, ya que está bastante claro que es mucho más factible regularlo que prohibirlo.

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